Estructura Socioeconómica de México
DESEMPLEO JUVENIL EN MÉXICO
Los jóvenes, especialmente las mujeres son el grupo de la población más afectado por el desempleo generado por la pandemia, que alcanzó su nivel más alto en los últimos 15 años, alerta la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
La OIT destaca que la crisis de la pandemia no solo ha incidido en las perspectivas de empleo de los jóvenes, sino que también ha perturbado la calidad y la cantidad de la educación y la formación, siendo la perdida de competencias básicas de lectura, escritura y aritmética, así como de competencias en otras materias, lo que ha tenido un impacto directo en todo el aprendizaje de los alumnos y, por tanto, en su preparación para la vida y el trabajo.
En México, hasta el 2021 el Inegi estimaba que la tasa de desocupación en la población joven de 15 a 29 años, era del 7 por ciento, es decir, 1.2 millones de personas de este grupo de edad, desocupadas, donde el 81 por ciento cuentan con experiencia laboral.
De esta manera, la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del 2021 refiere que en México cuatro de cada 10 jóvenes se encuentran desocupadas, donde el 44 por ciento pertenece al grupo de edad de 20 a 24 años, el 39 por ciento al grupo de 25 a 29 años y 17 por ciento, al grupo de 15 a 19 años.
Al observar la tasa de desocupación por grupos de edad, el Inegi resalta que la más alta se presenta en las personas de 20 a 24 años con 9 por ciento, seguido del grupo de 15 a 19 años con 8 por ciento y quienes se encuentran entre los 25 a 29 años con 6 por ciento, demostrando así la vulnerabilidad de su situación laboral con respecto al resto de la población.
¿Qué conlleva el desempleo juvenil?
La falta de empleo no solo representa una carencia económica, que para muchos jóvenes significa dependencia a las figuras parentales. Obtener un empleo es una expectativa social y cultural adquirida desde la infancia y desde entonces continuamente reforzada a través de las influencias de la escuela, la familia y los medios de comunicación; y cuando el individuo logra insertarse en el mundo del trabajo, accede a un nuevo status y a una nueva identidad social. El desempleo interrumpe este proceso con lo que va a generar una nueva experiencia de derrota y de fracaso. Acarrea un retraimiento marcado por la depresión, y ansiedad, una disminución de las relaciones sociales y pasividad.
Los efectos que tendría para los jóvenes el no contar con un empleo los ubican en un contexto social que no les permite tomar decisiones relevantes, debido a su condición de dependencia. Lo anterior ocasiona que no exista la posibilidad, de construir un proyecto de vida particular, ya que no se ha cumplido plenamente el proceso de transición de la persona joven al mercado de trabajo. La falta de trabajo decente a temprana edad afecta las perspectivas laborales futuras y disminuye la capacidad de ahorro a lo largo del ciclo vital. El vínculo entre el desempleo juvenil y la exclusión social podría generar sentimientos de marginalización y aumentar los grados de violencia y las adicciones. Y contribuyen a anclarlos en sus contextos de exclusión, al proponerles una educación orientada a empleos informales e inestables.
Un retraso a la sociedad adulta
En resumen, el desempleo está provocando en los jóvenes un retraso en las prácticas de transición a la sociedad adulta, la situación de vulnerabilidad laboral y social a la que están sujetos los jóvenes enfrentan situaciones de gran incertidumbre en el mundo laboral, ya sea estabilidad laboral o por los bajos salarios que perciben.
La incertidumbre sobre el futuro generaría consecuencias psicosociales en los procesos de construcción de la identidad originando sentimientos negativos sobre el mundo sobre sí mismo al contemplar el fracaso.
Las Revoluciones Industriales han impactado en estos sucesos, ya que el desarrollo de la Tecnología, maquinaria e industrias influyen directamente en los empleos de cada país y sus alcances crean una brecha aún más grande entre los países Desarrollados de los Subdesarrollados o en Vías de desarrollo.
REVOLUCIÓN INDUSTRIAL
La Revolución Industrial o Primera Revolución Industrial es el proceso de transformación económica, social y tecnológica que se inició en la segunda mitad del siglo xviii en el Reino de Gran Bretaña, que se extendió unas décadas después a gran parte de Europa occidental y América Anglosajona, y que concluyó entre 1820 y 1840. Durante este periodo se vivió el mayor conjunto de transformaciones económicas, tecnológicas y sociales de la historia de la humanidad desde el Neolítico, que vio el paso desde una economía rural basada fundamentalmente en la agricultura y el comercio a una economía de carácter urbano, industrializada y mecanizada.
SEGUNDA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL
Se refiere a los cambios interrelacionados que se produjeron aproximadamente entre 1870 hasta 1914, cuando se inicia la Primera Guerra Mundial. Durante este tiempo los cambios sufrieron una fuerte aceleración. El proceso de industrialización cambió su naturaleza y el crecimiento económico varió de modelo. Los cambios técnicos siguieron ocupando una posición central, junto a las innovaciones técnicas concentradas, esencialmente, en nuevas fuentes de energía como el gas o la electricidad, nuevos materiales como el acero y el petróleo; y nuevos sistemas de transporte (avión, automóvil y nuevas máquinas a vapor) y comunicación (teléfono y radio) indujeron transformaciones en cadena que afectaron al factor trabajo y al sistema educativo y científico; al tamaño y gestión de las empresas, a la forma de organización del trabajo, al consumo, hasta desembocar también en la política.
Un suceso que marcó completamente la vida de millones de personas, y con ello la apertura a nuevos sistemas económicos fue sin duda, la caída de la URSS, que indirectamente propició la implementación de un poderoso sistema político, económico y social: el Neoliberalismo.




